Los Reyes Magos llegan a Quartell

Los reyes llegan siempre por la carretera a Quartell. Todos nos situamos en la calle San Antonio, la antigua carretera de entrada al pueblo, para esperarlos. Los vemos en el matadero, haciendo los preparativos para su entrada. De repente oímos un rumor de fondo, una carcasa rompe la noche y vemos que empiezan a subir. No vienen en carrozas preciosas, no los preceden en el pasacalle personajes de cuento ni se hacen coreografías… Tan solo los pajes reales, con antorchas para iluminar la noche, caminan delante de los caballos en los que llegan Melchor, Gaspar y Baltasar. Detrás, los tres tractores cargados de regalos, envueltos en papeles de todos los colores. Cuando Sus Majestades pasan a nuestro lado, los saludamos tímidamente, respondiendo al saludo que ellos nos dirigen a todos. Miramos los tractores con la esperanza de que una de las bicis sea para nosotros. Hay cajas muy grandes que seguro que llevan regalos impresionantes para algún afortunado que este año se ha portado especialmente bien. La comitiva la cierra la charanga de voluntarios de la Unió Musical de Quartell tocando canciones para bailar. Todos caminamos detrás del desfile, tratando de estar muy cerca de los caballos por si acaso nuestro Rey favorito nos mira, solo a nosotros. Estamos nerviosos y llegamos todos juntos a la plaza de la iglesia. Todos estamos allí, como el día de la Plantà del Pi en verano, pero más abrigados, porque siempre hace frío cuando los Reyes llegan a Quartell. En la plaza esperamos unos minutos, mientras las campanas repican de fiesta, sin parar, porque los Reyes entran al templo para hacer su ofrenda ante la imagen del Niño Jesús. Ya salen. Cada vez estamos más nerviosos. Los tres reyes, en sus caballos, se dividen para llegar a las tres primeras casas. Los niños que viven en la plaza son siempre los primeros en recibir sus regalos. Lo hacen delante de casi todo el pueblo, que los envidia por ser los primeros en tener sus paquetes.
Nos dirigimos a nuestra casa. Cada uno a la suya, o a la de los abuelos o los tíos, donde recibiremos los primeros regalos. Estamos inquietos y no entramos en casa. En el portal, en la calle o en las plantas bajas abiertas, pero sin perder de vista la calle. De vez en cuando, alguien sale corriendo a la esquina. Vemos pasar al Rey hacia la calle de arriba y ya sabemos que queda poco. Comemos roscón y dulce para hacer tiempo. Ya están aquí. Primero pasa el tractor, todavía cargado de paquetes de todos los tamaños y alguna bici que puede ser, este año sí, la nuestra. Los pajes sacan los regalos y llega el Rey, imponente sobre su caballo, y empieza a llamar por el nombre a los pequeños de la casa. Nombre y apellido. Los niños y las niñas están muy nerviosos y siempre reconocen que les da miedo el caballo, y todavía más miedo que el Rey no los llame. Claro, todos hemos sido buenos, pero todos recordamos algún día en que hemos sido más malos con los hermanos o con los padres. El Rey nos llama y el padre o la madre nos ayudan a acercarnos para hablar con Su Majestad cara a cara. Los Reyes siempre hablan en castellano, aunque lo hacen con un fuerte acento valenciano. La pregunta es siempre la misma: «¿Te has portado bien?». Impone el Rey, tan grande, mientras el caballo no puede estarse quieto. Todos contestamos que sí, y el rey nos pide un beso a cambio de una piruleta y de nuestro regalo. Hay paquetes para todos y todas. Un día el Rey Gaspar dijo mi nombre y yo no me lo esperaba. Los regalos no llegan solo para los pequeños, y a veces también algún mayor es llamado por Su Majestad. En menos de dos minutos el Rey se despide de nosotros para continuar con su trabajo en la casa de al lado. Le decimos adiós y lo saludamos con la mano, aunque ya estamos impacientes por entrar en casa a abrir los regalos. La cabalgata de Reyes de Quartell empieza a las seis o seis y media de la tarde y, como muy tarde, a las diez todas las casas del pueblo han recibido la visita de la ilusión. Tan solo tres horas y una organización que solo podemos explicar por la magia que emplean los voluntarios que durante semanas preparan la logística para ayudarlos. Es todo sencillo y rápido, no hay gran cabalgata, no hay orquestas ni bailes, ni siquiera toneladas de caramelos. Los jóvenes pajes, los tres reyes, los tractores cargados y las caras de los niños y niñas que esperan impacientes que llegue el turno de su casa en el recorrido. Una de las tradiciones más emocionantes que podemos encontrar, y que esperamos que siempre nos acompañe, porque hay que vivirla para poder explicar lo que se siente cuando Melchor, Gaspar o Baltasar dicen tu nombre en voz bien alta.