Cómo perdura en el tiempo una leyenda (Beca Taxi y el caballo de oro)

Leyendas y tradiciones forman parte del extenso saber popular. Además, a veces, hay leyendas que se convierten en novelas y novelas que recuperan unas cuantas leyendas…
Cuando una crece en un lugar como la ciudad de Sagunto, donde tu parque de juegos han sido piedras de una cantera íbero-romana, columnas de un foro que en su momento fue bullicioso, punto de encuentro de la gente del lugar, de extranjeros que buscaban vender sus mercancías traídas del norte de África, de la Galia, de la misma Roma… Donde había templos donde se veneraba a Diana, a Marte, a Isis Pelagia, diosa extranjera de los navegantes en la ciudad de Saguntum, donde se acuñaba una de las monedas más importantes de toda Hispania, donde encontrar una bruja que te echara una maldición, para poder maldecir al ladrón de turno que te había robado el manto con el que te protegías del frío, era relativamente fácil, donde el olor a especias e incienso impregna el aire constantemente, haciendo que tus sentidos se agudizaran y tus papilas gustativas saborearan aquel guiso que posteriormente sería preparado con ellas… Donde lo místico se junta con la magia del entorno, con los ecos de un tiempo pasado, que fue floreciente, donde nuestra ciudad brilló con luz propia en todo el Mare Nostrum. Miras atrás y compruebas que más de dos mil siglos contemplan nuestras murallas, nuestro puerto marítimo, nuestro patrimonio y nuestra historia.
Y cómo no, en este entorno tan propicio no iban a faltar ellas, las leyendas. Leyendas que no están escritas en ningún sitio, leyendas que cantaron juglares y trovadores, leyendas que van de boca en boca, de abuelos a padres y de padres a hijos, leyendas que se explican en la escuela, de maestros a estudiantes, a la luz de la luna en las noches de verano, cuando el calor se hace insoportable y los vecinos se sientan en corro al fresco en las calles empedradas, leyendas que nos hechizan, que nos hacen volar al pasado, que dejan fluir nuestra imaginación hacia aquel rincón de nuestra ciudad donde surgió el cotilleo, o el rumor, donde todo empezó. Cada ciudad, cada pueblo, seguro, tiene alguna leyenda, pues son ineludibles e inevitables.
Y todas empiezan igual: «Cuenta una leyenda» son las palabras mágicas para atraer la atención de la gente, pues lo creamos o no, los humanos todavía tenemos la necesidad de creer en las leyendas.
Hoy en día, en la sociedad en que vivimos, donde el estrés es nuestro mayor problema, es más fácil comunicarse a través de una pantalla táctil que sentarse a hablar con el vecino, y si te sientas con el vecino seguro que alguno de los dos estará con la cabeza baja, mirando la pantalla de su teléfono móvil. «La llaman la era digital», una era sin conversaciones habladas, donde todo va escrito por internet, donde no hay entonación de las frases, donde nos comemos letras, comas y palabras, donde es más fácil poner un icono que utilizar una sílaba. Para mí, una era sin encanto, pero claro, es mi opinión personal.
Entonces un buen día me levanté y me di cuenta de que mucha gente de la zona desconocía tanto nuestra historia como nuestras leyendas, y decidí coger una y convertirla en una novela de aventuras, dinámica, con tintes de humor, misterio, saltos en el tiempo y muchas peripecias, donde los personajes son tres adolescentes que viven en la «ERA DIGITAL». Siempre con rigor histórico y desarrollada en el entorno de nuestra ciudad, donde el lector puede sumergirse en nuestra historia y patrimonio de una forma divertida. Todos los lugares y personajes que se reflejan en ella existen o existieron en su tiempo, e incluso se pueden visitar. Creo que es una estupenda forma de hacer llegar al público todo lo que fuimos y somos… Y termino de la misma manera que empiezan todas mis novelas. Todo lo que se cuenta en estas páginas es ficticio, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, ¿o no?...
Cómo perdura en el tiempo una leyenda (Beca Taxi y el caballo de oro)
Beca cerró los ojos y se recostó sobre la hamaca, respiró profundamente, hasta que sintió cómo su abdomen se llenaba de aire, lo soltó lentamente mientras dejaba la mente en blanco, qué silencio, pensó, y se concentró en el trino de los pájaros que revoloteaban por la montaña del castillo. Empezó a notar el calor del sol en la cara y volvió a hacer una respiración profunda, notó unas gotitas de humedad en la cara, pero no abrió los ojos, debe de ser de la ropa que acaba de tender mi abuela, y volvió a concentrarse en la respiración, pero otra ráfaga de agua salpicó su cara y esta vez sí abrió los ojos. Rous, con su risa burlona, la miraba divertida con un vaso de agua en la mano, mientras Deivid, detrás de ella y con media sonrisa en la cara, esperaba su reacción.
—Mirad, vosotras, no os he oído entrar —dije levantándome de la hamaca y poniendo los brazos en jarras.
—Nos ha abierto tu abuela —soltó Rous, dejando en el suelo una bolsa llena de libros nuevos, que yo miré frunciendo el ceño.
—Venimos de comprar los libros —dijo Deivid, arreglándose el flequillo con los dedos, siempre lo llevaba perfecto—. Cuarto de la ESO es difícil, este año tenemos que apretar los codos, ¿eh, Rous?, tú me ayudarás que eres la más estudiosa de la clase.
—Pues claro —dijo Rous, sacando una caja de barritas energéticas de chocolate de la bolsa.
—¿Otra vez a régimen, Rous?
Desde que descubrió las barritas energéticas, no había día que no la vieras con alguna, las tenía por todas partes, en los bolsillos, en el bolso, en la guantera del coche de su madre, y siempre decía lo mismo: «por si tenemos hambre». El hobby de mi amiga era comer, le encantaba, fuera lo que fuera, pero más el chocolate.
Mi abuela apareció en la terraza con un cesto de ropa que acababa de lavar, y nosotros nos sentamos en un banco que mi padre había hecho con maderas «a modo rústico», como decía él.
—¿Aburridos? —preguntó mi abuela, tendiendo una sábana en la cuerda del tendedero.
—Un poco —dijo Rous, abriendo la caja de barritas energéticas.
—Cuando yo era joven, me pasaba las tardes enteras investigando por las laderas del castillo —mi abuela fijó la vista en la zona norte de la montaña; desde la terraza de mi casa, situada en la judería de Sagunto, se podía ver toda la montaña del castillo con la fortaleza en la cima, la vista era estupenda.
—¿Y se puede saber qué investigabas? —Rous rompió el envoltorio, liberando la primera barrita energética que iba camino de su boca.
—Pues buscaba el caballo —mi abuela tendió la segunda sábana.
—¿Qué caballo? —Rous se metió de golpe la barrita en la boca y empezó a masticar.
—Rous, un día te vas a ahogar —la regañó Deivid.
—¿Buscabas un caballo en la ladera del castillo? —ahora el interesado era él.
—¿No conocéis la historia? —dijo mi abuela con cara de sorpresa. Los tres negamos con la cabeza, mientras Rous sacaba la segunda barrita energética de la caja.
Mi abuela cogió el cesto de la ropa que había dejado sobre un taburete y se sentó en él.
—Cuenta una leyenda —dijo con voz bajita y misteriosa— que cuando Aníbal asedió Sagunto, tras 8 meses de asedio, los saguntinos, en un desesperado intento para que no se apoderaran de sus riquezas, cogieron todo el oro que tenían y lo fundieron, haciendo con él un caballo, un caballo de oro. Dicen que está escondido en una de las esquinas del castillo —mi abuela volvió la vista al castillo.
—Alaaaa, chavala, ¿será verdad? —dijo Rous apretando la caja de cartón de las barritas energéticas con las dos manos.
—Pues claro que es verdad —dijo mi abuela muy seria, levantándose del taburete y recogiendo el cesto de ropa—. Yo llevo toda la vida buscándolo, y mi madre, y la madre de mi madre, y así todas las generaciones de nuestra familia.
—Es raro que, si de verdad existió, nadie lo haya encontrado todavía —dijo Deivid, levantándose y apoyándose en la barandilla de la terraza, mirando la ladera de la montaña; Rous y yo hicimos lo mismo.
—Abuela, ¿de verdad crees que es verdad esto que nos has contado? —la miré fijamente a los ojos.
—Mira, Beca, las leyendas, leyendas son. Que sea verdad o no, no soy yo quien lo tiene que decir. Cada castillo esconde su tesoro y su historia, pero bueno, estas cosas lo bueno que tienen es que te hacen soñar con encontrarlo algún día.
Mi abuela terminó de tender la ropa y desapareció de la azotea. Rous, Deivid y yo contemplábamos los hipogeos judíos que en silencio guardan los restos de aquellos que habitaron otra época en nuestra ciudad.
—Estoy pensando —dijo Rous.
—Uy, malo —Deivid no la dejó acabar la frase—. No pienses, Rous, que cuando tú piensas, sube el pan.
—Que me voy a buscar el caballo —Rous empezó a caminar rápidamente hacia la puerta de la terraza.
—¿Será verdad? —dijo Deivid atónito.
—Pues claro que es verdad —fue lo último que le oímos decir, tras desaparecer detrás de la puerta.
—Pues sabes qué te digo —miré a Deivid y empecé a caminar también hacia la puerta—, que esto no me lo pierdo, sea verdad o sea mentira; cuando Rous se obceca en algo… puede ser todo un espectáculo, y encima está llena de energía con tanta barrita energética.
—Jajaja —me reí a carcajadas y corrí detrás de mi amiga, oí los pasos pesados de Deivid que, rezongando, corría detrás de nosotras dos…